La ayuda al desarrollo sigue teniendo sentido


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Imagen: Energía sin Fronteras

Traigo hoy una entrada titulada Why ODA makes sense even though it sometimes fail, publicada recientemente en el blog alemán “Desarrollo y Cooperación” (D+C/E+Z). El autor es Hans Dembowski, redactor jefe. Me parece que expone brevemente las razones de quienes defendemos la cooperación al desarrollo sin dejar de reconocer sus fallos e incertidumbres.

Sostiene que la ayuda oficial al desarrollo (AOD) no constituye ni un veneno ni una panacea; el que tenga éxito depende de muchas cosas; y quienes la critican argumentando que la AOD causa pobreza exageran absolutamente.

Considera que, aunque algunos programas y proyectos de desarrollo fracasen, otros tienen éxito. Y, por otro lado, la humanidad necesita de la cooperación internacional para hacer frente a desafíos que los países no pueden gestionar cada uno por su cuenta.

Por José Luis Trimiño                                                                5 de junio de 2018

Dembowski empieza recogiendo los argumentos de quienes, desde hace mucho tiempo, sostienen que la ayuda al desarrollo es dañina. Suelen articularse alrededor de estas ideas:

-La ayuda al desarrollo se inventó al final de la Segunda Guerra Mundial para acabar con la pobreza. La pobreza persiste, así que la ayuda ha fracasado.

-La ayuda hace que los países receptores sean dependientes de ella y les quita motivación para hacer frente a su futuro con sus propios medios.

-Es frecuente que el dinero de la ayuda -o gran parte de él- se lo queden las élites dominantes en los países y estimula en ellos una cultura de corrupción.

Reconoce que esos argumentos tienen cierto fundamento, pero, en general, se exageran.

Considera importante destacar que la humanidad ha avanzado. El porcentaje de personas en pobreza extrema ha descendido fuertemente: en 1820, el 90%; en 1970, el 60%; en 2011, solo el 14%.

El autor reconoce que no se alcanzaron todas las metas de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), fijadas en 2000 para 2015, pero recuerda que hubo muchas que sí se lograron y que hubo considerables mejoras.

Aborda -en mi opinión, demasiado brevemente- el difícil tema de a qué factores atribuir el que una meta se haya logrado. Reconoce que sería absurdo decir que todos los éxitos se deban a la ayuda oficial al desarrollo (AOD); pero señala que igual de absurdo es decir que la AOD ha sido inútil.

Entra después en otro tema espinoso: qué ha pasado en unos países y en otros. Volviendo la vista muy atrás, recuerda el caso de Corea del Sur, un país que hizo un excelente uso de la AOD; en los años 60 su nivel de vida era comparable al de los países africanos; hoy es un país desarrollado, desde hace tiempo. También menciona a Bangladés; pobre, pero cada vez menos y sus niveles de desarrollo humano (mortalidad infantil, esperanza de vida, alfabetización) son, no solo comparables a los de la India y Paquistán, sino mejores; y, pese a tener fama de corrupto, sus funcionarios públicos han mostrado ser bastante eficaces en desarrollar sus estructuras físicas y sociales. Reconoce que hay países donde la situación no solo no ha mejorado, sino que incluso ha empeorado; en ellos se focalizan quienes critican la ayuda al desarrollo; pero hay otros países con entornos parecidos y receptores de AOD donde las cosas han avanzado.

En cuanto a la terminología, Dembowski apunta que quienes trabajan en el sector no suelen hablar de “ayuda” al desarrollo sino de “cooperación”. Eso implica que hay muchos actores involucrados, cada uno con responsabilidades diferentes; aunque no se pueda dar por hecho ese sentido de responsabilidad.

Reconoce que la AOD no es solo cuestión de lucha contra la pobreza; forma parte de la política exterior. Los fondos de cooperación al desarrollo pueden servir para consideraciones geoestratégicas (terrorismo, drogas, materias primas, refugiados…).

Destaca el consenso entre los profesionales y el mundo académico acerca de que para que haya desarrollo es indispensable que haya un sentimiento de apropiación nacional / local; que, dentro de esas sociedades, haya fuerzas que asuman responsabilidad por un futuro mejor. Así pues, recomienda a los donantes aceptar las prioridades de los países socios (receptores) y trabajar a través de las instituciones de estos. Recuerda que es uno de los principios de la Declaración de París sobre la eficacia de la ayuda, de 2005.

Trata brevemente las diferencias entre la cooperación al desarrollo y la ayuda humanitaria -en situaciones de catástrofes, sean naturales o producidas por los seres humanos, frecuentemente mala gobernanza (ej. los estados fallidos).

Dembowski compara la ayuda al desarrollo con las inversiones de riesgo: las hay que tienen éxito, otras fracasan.

Algunos de quienes critican la ayuda al desarrollo argumentan que los países ricos no son responsables de la pobreza de los otros, por lo que no deberían involucrarse; su riqueza no se basa en la explotación de los trabajadores de los países en desarrollo. Dembowski reconoce que esto tiene cierto fundamento, pero que sí hay cosas en las que el mundo rico vive a costa de los menos desarrollados; menciona por ejemplo el que los países ricos a) atraen a trabajadores especializados del sector salud o b) han contribuido más a las emisiones que producen el cambio climático.

Termina:

-Insistiendo en que, aunque la ayuda al desarrollo no siempre tenga éxito, no constituye “el problema”; al contrario, es parte de la solución.

-Recordando que los desafíos globales requieren que cooperemos más entre todos, a través de las fronteras, y que compartamos las cargas.

-Considerando que muchos de quienes critican la ayuda al desarrollo promueven el populismo de derechas que llama a que los países ricos pongan por delante sus propios intereses y dejen que los demás se apañen a su aire.

-Afirmando que esa estrategia no puede funcionar: a menos que la comunidad internacional haga frente conjuntamente a los problemas globales, estos serán cada vez más amenazantes.

CC BY-NC-SA

 

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