Para AFRICA


Reconozco que tengo una deuda con África.

Apenas he estado más de una vez al Sur del Sáhara. Sin embargo, creo haber sido capaz de percibir que algo diferente aleteaba por allí.

Por Mariano Molina, mayo 2020

A distancia, me enamoré de los símbolos que usan las gentes de ese continente. Algo fascinante me decía que su significado iba más allá de las fronteras políticas que conocemos, o padecemos, de manera que el tiempo había permeado una forma común y extendida de conocer e interpretar las cosas y de asignar a cada una de ellas un lugar en la mentalidad de los africanos. Su manera humilde de aceptarlas me recordó una de las orografías del continente: paciente y resignada, sin montes escarpados; al contrario, suaves ondulaciones de formas decididamente redondeadas y amables que se colocan delicadamente en horizontes lejanos, como si estuvieran detenidas aguardando la llegada de puestas de sol sugestivas y contundentes. Pero que ocultan altas cadenas de montañas, cascadas vertiginosas y fallas de miles de kilómetros. Toda una invitación a alcanzar tranquila y poéticamente un objetivo superior y compartido. El alma de la mayoría de la gente de África probablemente sea así. Sencilla, sociable y generosa, pero también alta de miras y con largo recorrido.

Sin embargo, África duele. Es un continente que en la generalidad de sus regiones y países padece. La falta de estándares adecuados de nivel de vida, entre otros de sanidad, alimentación, saneamiento, educación o servicios energéticos, llama a una reflexión seria y profunda. Hay quien argumenta que el atraso africano es la consecuencia de una colonización y posterior descolonización dominadas por el afán de enriquecimiento y rapiña. Otros opinan sobre lo inapropiado de la imposición de modelos de organización occidentales en comunidades que tradicionalmente se han gestionado sobre una base comunal, de posesión compartida sin un modelo de propiedad individual que facilite los mecanismos de financiación y crédito a las iniciativas privadas. Algunos más argumentan sobre la falta de fertilidad, en general, del territorio y su incapacidad para soportar una carga de población como la que actualmente existe. No sabemos con exactitud la respuesta, aunque debemos reconocer que parte de ese dolor es achacable a conductas explotadoras que no han sido compensadas ni reparadas adecuadamente, ni ahora ni en el pasado. Intentar paliar someramente carencias o parchear situaciones insostenibles son acciones dignas de ser apreciadas, pero no mejoran los problemas estructurales de los que África adolece.

A futuro, desde una parcela sencilla de compromiso, la cooperación aparece como una solución efectiva y de puesta en práctica rápida y sencilla. ¿Por qué no? Si las estrategias de ayuda al desarrollo, a nivel país o a nivel de las organizaciones supranacionales, se deben orientar a objetivos amplios, racionales y de gran calado, las acciones de las ONGs y de los otros actores de la cooperación ayudan y animan los esfuerzos de muchas de las comunidades, actores y contrapartes que soportan a nivel local los esfuerzos para conseguir un desarrollo más equilibrado y justo. Sirven también para sensibilizar y formar a los beneficiarios y a sus organizaciones locales. Las acciones desde los gobiernos son indispensables y tendrán sus resultados en el medio y largo plazo. La actividad de los otros actores aliviará las necesidades del día a día, marcará la senda para solucionar los problemas a futuro y apoyará el esfuerzo de las propias poblaciones para mejorar su destino. Pero también, mientras persista, recordará a todo el mundo lo imprescindible de nuestra ayuda y soporte a ese continente.

O, ¿existe un futuro sin África?