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Las empresas de servicios de energía: mirando al futuro

Ya he hablado aquí varias veces de Power for All , que, como la Fundación Energía sin Fronteras, participamos en la reunión “Building strong partnerships with foundations to deliver sustainable and affordable energy in partner countries”, que organizó la Comisión Europea (Dirección General de Cooperación Internacional) en mayo del año pasado.

Hoy traigo unos artículos y experiencias de Power for All. Argumentan que, actualmente, ni la energía centralizada ni la descentralizada pueden, por sí solas, conseguir el acceso universal a la energía y poner fin a la pobreza energética. Defienden, que juntas, las empresas de servicios públicos ya existentes y empresas privadas innovadoras pueden dar pasos de gigante para alcanzar ambas cosas.

Por José Luis Trimiño                                                               12 de febrero de 2020


El primer artículo es Reimagining utilities as a way to end energy poverty, de Selestino Babungi y Kristina Skierka.

Empiezan describiendo la situación del suministro de electricidad en muchas zonas poco pobladas de África Subsahariana -y también algunas en Asia y América Latina[1]. Las empresas de servicios -en general, públicas- no consiguen encontrar un camino viable para suministrar electricidad asequible y fiable mediante la generación y transmisión centralizadas. De hecho, casi todas están en pérdidas; muchas, en bancarrota práctica[2]. La mayoría de las redes funcionan muy mal, con pérdidas en transmisión y distribución de hasta el 50% e interrupciones de servicio de más de 500 horas/año en algunos países. Este modelo centralizado ha dejado sin acceso a la energía a casi 1.000 millones de personas.

Dándose cuenta de este vacío no cubierto por el mercado, han aparecido centenares de empresas privadas que se dedican a sistemas solares domiciliarios y a mini-redes, ofreciendo un enfoque diferente, descentralizado. Han proporcionado electricidad a 360 millones de personas y recaudado 1.700 millones de USD (el 70%, desde 2016).

Las empresas tradicionales y estas nuevas apenas colaboran en proyectos de electrificación. Se ven como competidoras y no actúan en consecuencia con los planes nacionales de energía. Trabajan en compartimentos estancos. Sin embargo, el artículo considera que las empresas de energía descentralizada tienen mucho que ofrecer, como estrategias para llegar a las poblaciones aisladas o tecnologías para acelerar las conexiones; y muchos países elaboran políticas para estimular las conexiones descentralizadas, tanto en zonas rurales como peri-urbanas. Las empresas tradicionales pueden aportar su mucha experiencia; por ejemplo, en cómo afrontar los retos de desarrollar las infraestructuras eléctricas con clientes que consumen poco, el trabajar a gran escala o el estar sometidas a la supervisión del regulador.

El artículo apela a que unas y otras aúnen esfuerzos. Ello puede repercutir en que las redes sean más inteligentes, aumentar el consumo, acelerar el acceso a la electricidad, dar mejor servicio y reducir las pérdidas de los estados.

Se refiere a “Utilities 2.0”. Es un enfoque para el desarrollo de la energía en mercados emergentes. Conceptualizado por Power for All con varios aliados. Promueve una energía digitalizada, descentralizada y basada en datos, que facilita la colaboración entre energía en red y fuera de red. Considera que los mercados de la energía pueden deseñarse sobre esa base, en un marco energético integrado, inteligente e interactivo, centrado en los clientes, que puede proporcionarles soluciones de energía limpia, al menor coste y lo más rápido posible.

El segundo artículo, “Utilities 2.0 coalition unveils vision for utility of the future in low energy access countries; announces 1st demonstration, presenta una experiencia en este sentido, realizada en Uganda por Power for All y Umeme, la mayor empresa de distribución eléctrica del país, con apoyo de la Fundación Rockefeller. Se presentó en la African Utility Week, celebrada en Ciudad del Cabo en mayo del año pasado.

Han publicado un informe sobe ello: “Utilities 2.0: Integrated Energy for Optimal Impact”. Las principales recomendaciones son:

-Una planificación energética nacional, para conseguir una mezcla óptima de niveles de servicio en las zonas no electrificadas.

-Políticas y regulaciones que den seguridad y estabilidad de modo que estimulen las alianzas público-privadas.

-Unas reglas de juego equilibradas que den incentivos equitativos a las soluciones de red, de micro-red y domiciliarias.

CC BY-NC-SA


[1] Muchos voluntarios de Energía sin Fronteras -en particular, de Operaciones- lo corroboran.

[2] Ignacio Pérez Arriaga lo mencionó en la mesa redonda que Esf organizó en la COP25 (https://amigosesf.wordpress.com/2019/12/22/energia-sin-fronteras-en-la-cop25/).

Alcanzar los ODS requiere colaborar entre sectores

Cartel en la COP25
Foto: Lucila Bergareche
(Fundación Energía sin Fronteras)

Normalmente me resulta difícil encontrar un título que considere adecuado -breve y que responda al contenido- para estas entradas. Esta vez no es así.

Se trata de una entrevista en vídeo, publicada en Next Billion con el título “Getting to the SDGs – And What’s Next for Multi-Sector Collaboration” . Heather Esper, del William Davidson Institute, entrevista a Tami Kesselman, fundadora de la consultora Aligned Investing Global.

La entrevista se refiere a colaboración entre “sectores” en dos sentidos: por una parte, por el tipo de organización (pública, privada, ONG); por otra, por el área de actividad (en nuestro lenguaje, por el o los ODS en los que se enmarca principalmente esa actividad).

Por José Luis Trimiño                                            7 de enero de 2020


La entrevistadora señala que lo habitual era trabajar en compartimentos estancos. Por ejemplo, cuando se celebró la “Cumbre de la Tierra” (Río de Janeiro, 1992), en ella participaron los gobiernos; en paralelo se celebró el “Foro Global”, donde estaban las ONG y lase empresas; y en ninguna de las dos había inversores. Y considera que eso se ha ido venciendo con esfuerzos e inventiva. En 1998, el multimillonario Ted Turner prometió 1.000 Mio USD a la ONU; pero esta no podía recibir dinero de individuos o empresas; echándole imaginación[1], se constituyó el UN Fund for International Partnerships.

Destaca algunos hitos importantes en la colaboración con empresas auspiciada por la ONU a nivel mundial:

-el UN Global Compact, 2001)[2];

-los Principles for Responsible Investment (2006);

-el Business Call to Action (BCtA), en el PNUD.

Kesselman se muestra de acuerdo en que había una desconfianza tradicional entre gobiernos, empresas, ONG e inversores. Identifica algunos factores que han contribuido a vencerla. Entre ellos, el establecer un lenguaje común y la toma de conciencia de la globalidad de los problemas, que no pueden ser resueltos por un solo sector ni por un solo tipo de actores. Señala que la Agenda 2030 -los ODS- proporciona un marco muy adecuado para ese trabajo.

Dice que las empresas tienden a tomar los ODS como un menú, del que pueden escoger en cuáles intervenir, incluso en unas u otras metas dentro de cada ODS[3]. Pero apela a tomar conciencia de las interacciones entre actividades y entre ODS; a plantearse: “Si consigo mi objetivo, si mi empresa tiene éxito, ¿qué consecuencias arrastrará?, ¿qué sistemas destruiré o desplazaré?”. Las actividades de una empresa tienen consecuencias -muchas de ellas, no buscadas- en otros sectores, un impacto -positivo o negativo- en otros ODS. Todos somos dependientes unos de otros.

Tami Kesselman anima a considerar todos estos efectos, adoptando un enfoque sistémico, identificando consecuencias no buscadas y teniéndolas en cuenta para ajustar el modelo de negocio. Cita ejemplos.

La medida de esos impactos constituye un desafío. En buena parte, porque estamos acostumbrados a medir: 1) magnitudes monetarias, pero no otras, 2) en términos de “valor añadido”, no de “valor neto” (esto último implica valorar los efectos negativos), 3) lo “producido” y “lo vendido”, pero no los efectos ni los impactos. Kesselman piensa que se va avanzando en ello y que dentro de unos años será práctica habitual el hacerlo.

CC BY-NC-SA


[1] Personalmente, no me parece tan sorprendente ni tan novedoso. En 1988, cando yo empecé a trabajar en cooperación al desarrollo, en la Comisión Europea ya existía, desde un par de años antes, una línea -de trabajo y presupuestaria- llamada “Cooperación económica”. Con ella se financiaban acciones que eran de “interés mutuo” para países en desarrollo (de Asia y América Latina) y de la UE. La UE aportaba fondos, claro, pero las acciones se cofinanciaban con fondos -públicos o privados- de países de la UE.

[2] Red española del Pacto Mundial: https://www.pactomundial.org/

[3] Creo que está en lo cierto. Todos tenemos tendencia a hacerlo, considerando que el núcleo de nuestra actividad es limitado y es ahí donde podemos influir.

Energía sin Fronteras en la COP25

Foto: Fundación Energía sin Fronteras

La Fundación Energía sin Fronteras (Esf) hemos participado en la COP25. Organizamos una mesa redonda, que se celebró el sábado 7 de diciembre en la “zona verde” de IFEMA. Se informa de ello en la página web de Esf . La reseña del acto está también en el repositorio de documentos de la Fundación.

La presentó Pilar Sevilla, Presidenta de la Fundación. El periodista Manuel Campo Vidal fue el moderador. Participaron María Angélica Páez (OEI), Jesús Galíndez (Fundación EKI), Ignacio Pérez Arriaga (U.P.Comillas y MIT), Carlos Sallé (Iberdrola), Luis Jesús Sánchez de Tembleque (ARIAE) y Jesús Abadía (Esf).

Por José Luis Trimiño                                                     22 de diciembre de 2019

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